La crisis económica en la que nos encontramos
inmersos carece de precedentes en la historia del capitalismo contemporáneo.
De entrada, existen rasgos de carácter cuantitativo
que marcan una diferencia sustantiva con otras crisis anteriores. Entre ellos
podrían destacarse la virulencia con la que ha sacudido a la economía mundial
y, especialmente, al selecto grupo de economías desarrolladas; la magnitud de
las turbulencias que han hecho tambalearse a los mercados financieros
internacionales provocando pérdidas de riqueza financiera de incalculable
valor; el efecto encadenado que ha afectado a casi todos los mercados de
productos financieros internacionales sin que se sepa aún cuando tocará fondo
ni si dejará alguno de ellos sin afectar; o la rapidez con la que esas
turbulencias se han trasladado hacia la economía real incidiendo de forma desproporcionada
en el empleo y sin que se perciban perspectivas ciertas de recuperación de éste
a corto y medio plazo.
Sin embargo, si hay algo que diferencia
radicalmente esta crisis de las precedentes es que, más allá de encontrarnos
ante una crisis coyuntural, nos hallamos ante una crisis de carácter
estructural que marca el declive definitivo de la potencia que ha ejercido su
hegemonía sobre el modelo de acumulación capitalista generado tras la Segunda
Guerra Mundial: los Estados Unidos de América.
Pocas dudas pueden caber a estas alturas de que la
hegemonía estadounidense ha entrado en declive y si no se asume el análisis y
la comprensión de esta crisis en esos términos estaremos engañándonos acerca de
los términos de su trascendencia y, lo que es más grave, acerca de las vías
para superarla.
En este sentido, es útil recordar que la crisis
estructural de los años setenta, cuando los Estados Unidos ya gozaban de una
posición hegemónica en el mundo capitalista, se solventó a través de una huida
hacia delante que estuvo caracterizada por la retirada de las bridas
keynesianas que regulaban la economía desde el Estado y la dotaban de una
elevada estabilidad.
Para ello se procedió a la progresiva
liberalización de las relaciones económicas tanto a nivel nacional como
internacional; a la retirada del Estado de los ámbitos productivos y
redistributivos; y a la privatización masiva de empresas y servicios públicos.
Y, al mismo tiempo, se crearon las condiciones para que el patrón de
acumulación trasladara su centro de gravedad desde la producción de bienes y
servicios al ámbito de las finanzas. En concreto, la ruptura del vínculo que
mantenía unido al dólar, que era la divisa clave del sistema, con el oro, fue
uno de los elementos centrales de la estrategia que permitiría a los Estados
Unidos seguir manteniendo su hegemonía en esa nueva etapa del capitalismo
financierizado por la vía de liberarlo de la restricción externa sobre sus
finanzas internas.
Finalmente, el neoliberalismo de la década de los
ochenta y noventa intensificó la preeminencia de lo financiero frente a lo
productivo y dotó de soporte ideológico a los procesos de ingeniería social,
económica y cultural que acabaron por homogeneizar un mundo en donde la
búsqueda de alternativas se marginalizó y tachó de inviable.
La conclusión es que la salida de aquella crisis
estructural, aunque prolongó la hegemonía estadounidense, también sentó las
condiciones para la inestabilidad sistémica global. La resultante fue una nueva
fase del capitalismo caracterizada por la recurrencia de crisis financieras que
no sólo se trasladaban con celeridad a la esfera productiva sino que cada vez
iban siendo más frecuentes y se iban aproximando peligrosamente al núcleo del
sistema.
Esa aproximación se ha consumado con esta crisis,
que por este motivo no puede caracterizarse tan sólo por su intensidad, sino
sobre todo por el hecho de que ha golpeado por primera vez al músculo del
sistema financiero, hasta entonces cuartel de invierno al que retornaban los
capitales cuando se producían turbulencias en cualquier otra parte del mundo.
A partir de esta constatación, es fácil intuir que
el tipo de lectura que se haga de esta crisis determinará decisivamente las
posiciones frente a la misma, las posibilidades de intervención a corto y medio
plazo y los escenarios previsibles a largo plazo.
Del dicho al hecho…
Así, resulta evidente que a los Estados Unidos y a
la mayor parte de las economías occidentales les interesa atribuir a esta
crisis una dimensión meramente coyuntural, destacando a lo sumo su magnitud,
pero no que la misma pudiera estar alterando radicalmente las relaciones de
poder en el mundo.
Por ello sus recetas para enfrentarla no plantean
una salida que no sea, en el mejor de los casos, un retorno a posiciones de
“neoliberalismo regulado” (si se me permite el oxímoron).
Son propuestas que parten de un acto de contrición
por los errores cometidos y se acompañan de unas tímidas líneas de reforma del
sistema, pero sin entrar a cuestionar, en ningún caso, algunos de los pilares
básicos que lo han llevado hasta la situación de crisis actual.
Tal es así que, por ejemplo, las medidas de
regulación del sistema financiero que se plantean no llegan a poner en tela de
juicio la hipertrofia existente en lo que a mercados, agentes y productos
financieros se refiere, a pesar de ser éste uno de los principales factores
desencadenantes de la crisis.
Además, ignoran que este sector tiene una tendencia
innata a recurrir a la innovación para huir de las regulaciones que debiera ser
radicalmente cercenada si se aspira a una mínima estabilidad en ese ámbito.
Si esos dos aspectos no son enfrentados con
voluntad transformadora, tratando de eliminar la dimensión especulativa de
carácter autorreferencial en la que se desenvuelven ahora las finanzas y buscando
la recuperación de su función básica en tanto que intermediarios entre
ahorradores e inversores productivos, muy poco o casi nada se habrá logrado.
Esa misma impresión se tiene cuando se comprueba
que también en el ámbito del comercio internacional la apuesta sigue siendo de
carácter neoliberal: la profundización en el proceso liberalizador y la
denuncia de las actitudes proteccionistas a pesar de que muchos de los mismos
gobiernos participantes en el G-20, desde donde se denuncian las mismas, son
los mismos que las han aplicado para salvar su sistema financiero o su cada vez
más debilitado sector industrial. De esta forma, al tiempo que se imponen
políticas proteccionistas de defensa de los mercados nacionales por parte de
las economías más avanzadas del mundo, se trata de obligar al resto de países a
seguir prácticas librecambistas. El objetivo último sería recuperar por la vía
comercial lo que hundieron las finanzas internacionales.
Sin embargo, esa opción es profundamente
cortoplacista e ignora la contribución que el desmantelamiento de las barreras
comerciales ha tenido en el empobrecimiento de los países en vías de desarrollo
gracias a su carácter funcional al proceso de drenaje de sus recursos hacia las
economías desarrolladas.
Y, finalmente, también se anuncian los intentos de
recuperación del hasta ahora denostado papel del Estado en las economías. El
desmantelamiento de su papel en los procesos productivos como consecuencia de
la privatización de todas o casi todas las empresa públicas; el debilitamiento
de su capacidad reguladora por la vía de su renuncia explícita a la misma y la
transferencia de esa función hacia los mercados de los que se esperaba que
acabarían imponiendo un orden natural y eficiente; o la jibarización de los
Estados de Bienestar y, con ello, la disminución de su capacidad
redistribuidora son tendencias que, al menos ahora, son tímidamente puestas en
entredicho.
Sin embargo, nuevamente prima la retórica sobre la
realidad de lo hechos y las encendidas proclamas por retornar a posiciones
pre-neoliberales, en donde el Estado tenía una participación crucial en las
economías, van menguando en su intensidad conforme la crisis se apacigua en su
dimensión financiera a pesar de la persistencia de su gravedad en sus
dimensiones productiva y laboral.
Estos tres ejemplos constituyen una buena muestra
de hasta qué punto las políticas frente a la crisis la están tratando como si
ésta tuviera una dimensión meramente coyuntural en un marco de normalidad
estructural que no es el actual.
Políticas para la coyuntura en tiempos de crisis de
la estructura
Lo que entendemos que ocurre es, precisamente, que
estamos perdiendo de vista que las distintas fases de cambio profundo por las
que ha pasado el sistema capitalista –y que, además, se caracterizaban porque
se producía simultáneamente un cambio en la potencia hegemónica que lo
lideraba-, se han producido bajo la forma de crisis estructurales.
Pero, además, no debemos tampoco olvidar que esas
crisis dieron lugar a cambios de paradigma en la teoría económica y,
consiguientemente, en la política económica. Sólo cuando se percibía que el
capitalismo había entrado una nueva fase y se reformulaba todo el marco
cognitivo que permitía entenderlo y gestionarlo se podía comenzar a articular
una política económica acorde a los nuevos tiempos.
Sin embargo, en estos momentos sigue sin percibirse
que los tiempos han cambiado, que la geopolítica y la geoeconomía del
capitalismo del siglo XXI es muy diferente a la de la segunda mitad del siglo
XX y que ello requiere, en consecuencia, de una reformulación absoluta del
marco teórico y de las propuestas de política económica al respecto.
La respuesta que se está dando es, por el
contrario, el retorno al paradigma teórico que permitió la salida de la gran
crisis del siglo XX, la de 1929. Se ha tratado así de resucitar forzadamente el
keynesianismo -aunque en una dimensión conservadora que no duda en recurrir al
gasto público para ayudar al sector financiero pero que pone en cuestión el uso
de recursos para el mantenimiento de rentas de los desempleados o su
reincorporación a la producción-, como si el mundo siguiera siendo el de los
años cincuenta o sesenta del siglo pasado.
Se obvian, de esa manera, todos los cambios estructurales
producidos en el capitalismo desde el último cuarto del siglo XX y las
consecuencias que los mismos tienen sobre la viabilidad y efectividad de las
políticas keynesianas, diseñadas para un mundo mucho menos volátil.
Es por ello que el retorno al keynesianismo como
paradigma teórico desde el que se diseñan las políticas económicas para este
período de crisis y para los tiempos que deban seguirla debería comenzar,
precisamente, por hacer que las relaciones económicas nacionales y mundiales se
acomoden a las existentes cuando Keynes y los keynesianos elaboraron su teoría,
si es que tal cosa es posible.
Nada de ello se vislumbra en el horizonte. No es ya
que no exista conciencia de que el capitalismo está llegando a sus límites y
que es necesario buscar fórmulas alternativas de gestión de la vida social y
económica en su conjunto. No es tampoco que el socialismo se haya casi borrado
de la faz de la tierra acusado de inviabilidad o, en el mejor de los casos, de
proyecto utópico al que es preciso renunciar en aras de un mayor realismo.
Se trata, más bien, de que la crisis se está
tratando de superar con políticas anticuadas que buscan reanimar a un enfermo
anciano y en fase terminal. En tanto que no seamos conscientes de esto, los
tratamientos se sucederán sin éxito y el mundo se irá aproximando cada vez más
a la barbarie. ¿Llegará entonces la hora del socialismo? ¿O será entonces
demasiado tarde?
Alberto Montero Soler (amontero@uma.es)
es profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga y puedes leer
otros textos suyos en su blog La Otra Economía.
Cortesía Rebelión


