domingo, 4 de octubre de 2009

¿BASTA CON VOLVER A KEYNES O HAY QUE CAMBIAR EL MUNDO?





La crisis económica en la que nos encontramos inmersos carece de precedentes en la historia del capitalismo contemporáneo.
De entrada, existen rasgos de carácter cuantitativo que marcan una diferencia sustantiva con otras crisis anteriores. Entre ellos podrían destacarse la virulencia con la que ha sacudido a la economía mundial y, especialmente, al selecto grupo de economías desarrolladas; la magnitud de las turbulencias que han hecho tambalearse a los mercados financieros internacionales provocando pérdidas de riqueza financiera de incalculable valor; el efecto encadenado que ha afectado a casi todos los mercados de productos financieros internacionales sin que se sepa aún cuando tocará fondo ni si dejará alguno de ellos sin afectar; o la rapidez con la que esas turbulencias se han trasladado hacia la economía real incidiendo de forma desproporcionada en el empleo y sin que se perciban perspectivas ciertas de recuperación de éste a corto y medio plazo.
Sin embargo, si hay algo que diferencia radicalmente esta crisis de las precedentes es que, más allá de encontrarnos ante una crisis coyuntural, nos hallamos ante una crisis de carácter estructural que marca el declive definitivo de la potencia que ha ejercido su hegemonía sobre el modelo de acumulación capitalista generado tras la Segunda Guerra Mundial: los Estados Unidos de América.
Pocas dudas pueden caber a estas alturas de que la hegemonía estadounidense ha entrado en declive y si no se asume el análisis y la comprensión de esta crisis en esos términos estaremos engañándonos acerca de los términos de su trascendencia y, lo que es más grave, acerca de las vías para superarla.
En este sentido, es útil recordar que la crisis estructural de los años setenta, cuando los Estados Unidos ya gozaban de una posición hegemónica en el mundo capitalista, se solventó a través de una huida hacia delante que estuvo caracterizada por la retirada de las bridas keynesianas que regulaban la economía desde el Estado y la dotaban de una elevada estabilidad.
Para ello se procedió a la progresiva liberalización de las relaciones económicas tanto a nivel nacional como internacional; a la retirada del Estado de los ámbitos productivos y redistributivos; y a la privatización masiva de empresas y servicios públicos. Y, al mismo tiempo, se crearon las condiciones para que el patrón de acumulación trasladara su centro de gravedad desde la producción de bienes y servicios al ámbito de las finanzas. En concreto, la ruptura del vínculo que mantenía unido al dólar, que era la divisa clave del sistema, con el oro, fue uno de los elementos centrales de la estrategia que permitiría a los Estados Unidos seguir manteniendo su hegemonía en esa nueva etapa del capitalismo financierizado por la vía de liberarlo de la restricción externa sobre sus finanzas internas.
Finalmente, el neoliberalismo de la década de los ochenta y noventa intensificó la preeminencia de lo financiero frente a lo productivo y dotó de soporte ideológico a los procesos de ingeniería social, económica y cultural que acabaron por homogeneizar un mundo en donde la búsqueda de alternativas se marginalizó y tachó de inviable.
La conclusión es que la salida de aquella crisis estructural, aunque prolongó la hegemonía estadounidense, también sentó las condiciones para la inestabilidad sistémica global. La resultante fue una nueva fase del capitalismo caracterizada por la recurrencia de crisis financieras que no sólo se trasladaban con celeridad a la esfera productiva sino que cada vez iban siendo más frecuentes y se iban aproximando peligrosamente al núcleo del sistema.
Esa aproximación se ha consumado con esta crisis, que por este motivo no puede caracterizarse tan sólo por su intensidad, sino sobre todo por el hecho de que ha golpeado por primera vez al músculo del sistema financiero, hasta entonces cuartel de invierno al que retornaban los capitales cuando se producían turbulencias en cualquier otra parte del mundo.
A partir de esta constatación, es fácil intuir que el tipo de lectura que se haga de esta crisis determinará decisivamente las posiciones frente a la misma, las posibilidades de intervención a corto y medio plazo y los escenarios previsibles a largo plazo.
Del dicho al hecho…
Así, resulta evidente que a los Estados Unidos y a la mayor parte de las economías occidentales les interesa atribuir a esta crisis una dimensión meramente coyuntural, destacando a lo sumo su magnitud, pero no que la misma pudiera estar alterando radicalmente las relaciones de poder en el mundo.
Por ello sus recetas para enfrentarla no plantean una salida que no sea, en el mejor de los casos, un retorno a posiciones de “neoliberalismo regulado” (si se me permite el oxímoron).
Son propuestas que parten de un acto de contrición por los errores cometidos y se acompañan de unas tímidas líneas de reforma del sistema, pero sin entrar a cuestionar, en ningún caso, algunos de los pilares básicos que lo han llevado hasta la situación de crisis actual.
Tal es así que, por ejemplo, las medidas de regulación del sistema financiero que se plantean no llegan a poner en tela de juicio la hipertrofia existente en lo que a mercados, agentes y productos financieros se refiere, a pesar de ser éste uno de los principales factores desencadenantes de la crisis.
Además, ignoran que este sector tiene una tendencia innata a recurrir a la innovación para huir de las regulaciones que debiera ser radicalmente cercenada si se aspira a una mínima estabilidad en ese ámbito.
Si esos dos aspectos no son enfrentados con voluntad transformadora, tratando de eliminar la dimensión especulativa de carácter autorreferencial en la que se desenvuelven ahora las finanzas y buscando la recuperación de su función básica en tanto que intermediarios entre ahorradores e inversores productivos, muy poco o casi nada se habrá logrado.
Esa misma impresión se tiene cuando se comprueba que también en el ámbito del comercio internacional la apuesta sigue siendo de carácter neoliberal: la profundización en el proceso liberalizador y la denuncia de las actitudes proteccionistas a pesar de que muchos de los mismos gobiernos participantes en el G-20, desde donde se denuncian las mismas, son los mismos que las han aplicado para salvar su sistema financiero o su cada vez más debilitado sector industrial. De esta forma, al tiempo que se imponen políticas proteccionistas de defensa de los mercados nacionales por parte de las economías más avanzadas del mundo, se trata de obligar al resto de países a seguir prácticas librecambistas. El objetivo último sería recuperar por la vía comercial lo que hundieron las finanzas internacionales.
Sin embargo, esa opción es profundamente cortoplacista e ignora la contribución que el desmantelamiento de las barreras comerciales ha tenido en el empobrecimiento de los países en vías de desarrollo gracias a su carácter funcional al proceso de drenaje de sus recursos hacia las economías desarrolladas.
Y, finalmente, también se anuncian los intentos de recuperación del hasta ahora denostado papel del Estado en las economías. El desmantelamiento de su papel en los procesos productivos como consecuencia de la privatización de todas o casi todas las empresa públicas; el debilitamiento de su capacidad reguladora por la vía de su renuncia explícita a la misma y la transferencia de esa función hacia los mercados de los que se esperaba que acabarían imponiendo un orden natural y eficiente; o la jibarización de los Estados de Bienestar y, con ello, la disminución de su capacidad redistribuidora son tendencias que, al menos ahora, son tímidamente puestas en entredicho.
Sin embargo, nuevamente prima la retórica sobre la realidad de lo hechos y las encendidas proclamas por retornar a posiciones pre-neoliberales, en donde el Estado tenía una participación crucial en las economías, van menguando en su intensidad conforme la crisis se apacigua en su dimensión financiera a pesar de la persistencia de su gravedad en sus dimensiones productiva y laboral.
Estos tres ejemplos constituyen una buena muestra de hasta qué punto las políticas frente a la crisis la están tratando como si ésta tuviera una dimensión meramente coyuntural en un marco de normalidad estructural que no es el actual.
Políticas para la coyuntura en tiempos de crisis de la estructura
Lo que entendemos que ocurre es, precisamente, que estamos perdiendo de vista que las distintas fases de cambio profundo por las que ha pasado el sistema capitalista –y que, además, se caracterizaban porque se producía simultáneamente un cambio en la potencia hegemónica que lo lideraba-, se han producido bajo la forma de crisis estructurales.
Pero, además, no debemos tampoco olvidar que esas crisis dieron lugar a cambios de paradigma en la teoría económica y, consiguientemente, en la política económica. Sólo cuando se percibía que el capitalismo había entrado una nueva fase y se reformulaba todo el marco cognitivo que permitía entenderlo y gestionarlo se podía comenzar a articular una política económica acorde a los nuevos tiempos.
Sin embargo, en estos momentos sigue sin percibirse que los tiempos han cambiado, que la geopolítica y la geoeconomía del capitalismo del siglo XXI es muy diferente a la de la segunda mitad del siglo XX y que ello requiere, en consecuencia, de una reformulación absoluta del marco teórico y de las propuestas de política económica al respecto.
La respuesta que se está dando es, por el contrario, el retorno al paradigma teórico que permitió la salida de la gran crisis del siglo XX, la de 1929. Se ha tratado así de resucitar forzadamente el keynesianismo -aunque en una dimensión conservadora que no duda en recurrir al gasto público para ayudar al sector financiero pero que pone en cuestión el uso de recursos para el mantenimiento de rentas de los desempleados o su reincorporación a la producción-, como si el mundo siguiera siendo el de los años cincuenta o sesenta del siglo pasado.
Se obvian, de esa manera, todos los cambios estructurales producidos en el capitalismo desde el último cuarto del siglo XX y las consecuencias que los mismos tienen sobre la viabilidad y efectividad de las políticas keynesianas, diseñadas para un mundo mucho menos volátil.
Es por ello que el retorno al keynesianismo como paradigma teórico desde el que se diseñan las políticas económicas para este período de crisis y para los tiempos que deban seguirla debería comenzar, precisamente, por hacer que las relaciones económicas nacionales y mundiales se acomoden a las existentes cuando Keynes y los keynesianos elaboraron su teoría, si es que tal cosa es posible.
Nada de ello se vislumbra en el horizonte. No es ya que no exista conciencia de que el capitalismo está llegando a sus límites y que es necesario buscar fórmulas alternativas de gestión de la vida social y económica en su conjunto. No es tampoco que el socialismo se haya casi borrado de la faz de la tierra acusado de inviabilidad o, en el mejor de los casos, de proyecto utópico al que es preciso renunciar en aras de un mayor realismo.
Se trata, más bien, de que la crisis se está tratando de superar con políticas anticuadas que buscan reanimar a un enfermo anciano y en fase terminal. En tanto que no seamos conscientes de esto, los tratamientos se sucederán sin éxito y el mundo se irá aproximando cada vez más a la barbarie. ¿Llegará entonces la hora del socialismo? ¿O será entonces demasiado tarde?

Alberto Montero Soler (amontero@uma.es) es profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga y puedes leer otros textos suyos en su blog La Otra Economía.
Cortesía Rebelión

ADIOS A UNA VOZ


Hoy los hijos latinoamericanos estamos tristes, la voz que alentó muchas jornadas de reivindicación, se ha ido.
Desde el mas allá estarás guiando nuestro actuar en pos de los necesitados y de aquellos que el sistema de explotación llama “desgraciados”.
Que nuestras acciones diarias, rindan homenaje a la vida de esta gran mujer, tu canto retumbara en todas las jornadas que emprenderemos, que tu voz les cante a todos los que han caídos defendiendo una justa causa.
Nuestro mayor homenaje para ti, será continuar con el mensaje que tu voz exclamo.

Mercedes Sosa por siempre.

 
Nació en San Miguel de Tucumán, 9 de julio de 1935Buenos Aires, 4 de octubre de 2009,  conocida en su país cariñosamente como La Negra Sosa, fue una cantante de música folclórica argentina reconocida en América Latina y Europa.
Considerada como una de las principales cantantes de Argentina y una de las exponentes de la denominada nueva canción latinoamericana. Incursionó en otros géneros musicales como el tango, el rock y el pop, entre otros. Mercedes Sosa se definía a sí misma como "cantora" antes que como "cantante", siguiendo una clásica distinción de Facundo Cabral: "cantante es el que puede y cantor el que debe".
Entre las canciones con las que se ha destacado en el cancionero latinoamericano se encuentran:
·          Canción con todos
·         Alfonsina y el mar
·         Gracias a la vida
·         Como la cigarra
·         La maza  
·         Duerme negrito.
Entre sus discos se destacaron:
·         Canciones con fundamento (1965)
·         Yo no canto por cantar (1966)
·         Mujeres argentinas (1969)
·         Homenaje a Violeta Parra (1971)
·         Cantata Sudamericana (1972)
·         Mercedes Sosa interpreta a Atahualpa Yupanqui (1977)
·         Mercedes Sosa en Argentina (1982)
·         Alta fidelidad (1997)
Su último trabajo es Cantora, lanzado poco antes de su muerte, un álbum doble donde canta 34 canciones a dúo con destacados cantantes iberoamericanos, cerrando con el himno nacional argentino.
Biografía





Descendiente de diaguitas y franceses, comenzó su carrera usando el seudónimo de Gladys Osorio. En 1950, a los quince años, ganó un concurso musical organizado por una emisora local de radio y la contrataron durante dos meses.
Radicada en 1957 en Mendoza en los años cincuenta a raíz de su casamiento con el músico Manuel Oscar Matus, con quien tuvo dos hijos (Fabián y Ada), lideró junto a su esposo y Armando Tejada Gómez y Tito Francia, el movimiento de la nueva canción desarrollado a mediados de los años sesenta, que en Argentina se llamó Movimiento del Nuevo Cancionero.
Luego de publicar su primer disco en 1962 (La voz de la zafra, RCA LXA-7009), que pasó inadvertido, graba un segundo disco en 1965, Canciones con fundamento, que pasa igualmente inadvertido,  pero que en el futuro se volvería el disco exponente del Nuevo Cancionero. Pero fue en ese mismo año de 1965, que Mercedes Sosa alcanzó la consagración popular, cuando Jorge Cafrune la invitó por iniciativa propia a subir a cantar al escenario del Festival de Cosquín, el más importante del país.
Por esa época lanzó con su voz la obra de los compositores tucumanos Pato Gentilini, el Chivo Valladares y Pepe Núñez, inmortalizando canciones como Tristeza de los Hermanos Núñez. En 1967, hizo una exitosa gira por los Estados Unidos y Europa. En 1970 incluye en su disco El grito de la tierra el tema Canción con todos de Armando Tejada Gómez y César Isella, que ha sido considerado como el himno de América Latina.
En los años subsiguientes, continuó actuando y grabando, extendiendo su repertorio hasta incluir material de toda América Latina.
A comienzo de los años setenta, publicó dos discos conceptuales en colaboración con el compositor Ariel Ramírez y el letrista Félix Luna: Cantata Sudamericana y Mujeres Argentinas. También hizo un tributo a la cantautora chilena Violeta Parra.
Simpatizante de Perón en su juventud, apoyó las causas de izquierda a lo largo de su vida. Tras el golpe de estado del 24 de marzo de 1976, permaneció en el país a pesar de la represión y del hecho de que sus discos fueran prohibidos, hasta que en 1979, en un concierto en La Plata, fue cacheada y detenida en el propio escenario y el público asistente arrestado. Se exilió entonces en París y después en Madrid. Poco antes había muerto su segundo marido.
Volvió a la Argentina en 1982, poco después de que el régimen militar se viera obligado a iniciar el traspaso del poder a un gobierno civil, tras la Guerra de Malvinas. En esa ocasión realizó una serie de conciertos históricos a sala repleta en el Teatro Ópera de Buenos Aires, que se convirtieron en un acto cultural contra la dictadura, a la vez que un hecho renovador de la música popular argentina, al incluir temas y músicos provenientes de diferentes corrientes musicales, como el folclore, el tango y el rock nacional. La actuación fue registrada en un doble álbum que constituyó un éxito de ventas y uno de los discos destacados de la historia musical del país.
Como productora, organizó uno de los espectáculos más importantes presentados en la Argentina: Sin Fronteras, que reunió en el estadio Luna Park de Buenos Aires: las argentinas Teresa Parodi y Silvina Garré, la colombiana Leonor González Mina, la venezolana Lilia Vera, la brasileña Beth Carvalho y la mexicana Amparo Ochoa, además de la propia Mercedes.
Durante los años siguientes continuó dando recitales exitosos dentro y fuera de Argentina, actuando en estadios y en los escenarios más grandes y prestigiosos como el Lincoln Center, el Carnegie Hall donde recibió una ovación de 15 minutos, el Mogador de París y el Concertegebouw de Ámsterdam, el Teatro Colón de Buenos Aires, en el Coliseo de Roma, etc. En 1992 cantó en la Quinta Vergara (en Viña del Mar) y en el Estadio Chile (en Santiago). Fueron tres actuaciones cargadísimas de emociones y en 1993 volvió para intervenir en el Festival Internacional de Viña del Mar. Representó a las voces de América, en el Segundo Concierto de Navidad realizado en la Sala Nervi del Vaticano. Fue la más aplaudida en ese espectáculo realizado para el Vicariato de Roma y el papa Juan Pablo II.
Siguió siempre ampliando su repertorio, y grabando en varios estilos. Fue convocada por artistas internacionales como Joan Baez, Andrea Bocelli, David Broza, Chico Buarque, Luz Casal, Gal Costa, Lucio Dalla, Nilda Fernández, Alfredo Kraus, Tania Libertad, Pablo Milanés, Nana Mouskouri, Milton Nascimento, Luciano Pavarotti, Silvio Rodríguez, Ismael Serrano, Shakira, Sting, Cecilia Todd, Caetano Veloso, entre otros.
De los reconocimientos que ha recibido sobresale el Gran Premio CAMU-UNESCO 1995, otorgado por el Consejo Argentino de la Música y por la Secretaría Regional para América Latina y el Caribe, del Consejo Internacional de la Música de la UNESCO, el Martín Fierro 1994 al mejor show musical en televisión.
También el Premio de la UNIFEM, organismo de las Naciones Unidas que la distinguió por su labor en defensa de los derechos de la mujer; Konex de Platino 1995 a la Mejor Cantante Femenina de Folklore y Konex de Brillante a la Mejor Artista Popular de la Década. También recibió otra distinción, esta vez del Consejo Interamericano de Música de la OEA (Organización de los Estados Americanos).
Ese año fue además incluida por la Secretary-General United Nations Politic World Conference on Women, en la colección discográfica denominada Global Divas.
Fue condecorada con honores en el año 2005 por el Senado argentino con el premio Sarmiento en reconocimiento a su trayectoria artística, su compromiso social y su constante lucha en materia de derechos humanos. También ganó premios Grammy Latinos y Premios Gardel.
En el año 2008 el gobernador de Mendoza, Celso Jaque, la nombró embajadora cultural de Mendoza junto al grupo Karamelo Santo. También se desempeñó como Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO para Latinoamérica y el Caribe.
Muerte
El 18 de septiembre de 2009 ingresó al Sanatorio de la Trinidad, ubicado en el barrio de Palermo en Buenos Aires, debido a una disfunción renal, la cual había evolucionado negativamente hacia una falla cardiorrespiratoria. Su estado de salud se volvió crítico el 2 de octubre de 2009; a partir de entonces, el cuadro de salud de la artista de 74 años se había deteriorado, habiendo sido inducida a un coma farmacológico. Su organismo se deterioró con el correr de las horas, hasta desencadenar su fallecimiento a las 5:15 de la mañana (hora argentina) del 4 de octubre de 2009.
Registro vocal
En sus inicios poseía un registro cercano a una soprano, pero luego evolucionó hacia algo más grave. Su registro vocal es de más de dos octavas, y su punto fuerte es la potencia con que afronta los graves. Gracias a su timbre oscuro y cálido y a una perfecta entonación, se ha convertido en una de las voces más destacables de la historia de la música argentina.

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