Si la política es mala, nunca la estrategia revolucionaria puede ser buena; se es derrotado no por cobarde, sino por poco inteligente.
Un revolucionario para poder asumir la historia en un momento crítico debe conocer las leyes de la dialéctica y de la economía política; dominar la política científica; unificar su pensamiento y su acción; saber esperar una ocasión histórica, que siempre se presenta, para transformar el mundo y resolver las contradicciones que se opongan al interés general; plantearse a cada momento sólo lo que se pueda resolver, sin ser centrista ni oportunista; no destruir sino aquello que se pueda sustituir para no adelantarse ni atrasarse en los cambios de estructuras socio-económicas, políticas, culturales y jurídicas. Por encima de todos los dogmas y sectarismos, un revolucionario debe ser fiel a la verdad y a la libertad; no hablar ni proceder en infalible, sino aceptar la prueba y el error, la pluralidad de criterios; rechazar el culto a la personalidad; dejar que la Sociedad haga cuanto mas mejor, sin la tutela del Estado. Y estar siempre dispuesto a aprender del error para llegar a la verdad sin olvidar jamás que sólo se ve lo que se sabe y, por tanto, se ve tanto mejor el futuro, el presente y el pasado cuanto mejor se los sabe. El pueblo ve poco porque sabe poco; es necesaria una revolución cultural permanente para que el pueblo por el saber tenga el auto poder para ser él, únicamente él, el sujeto activo de la historia, superando así las estructuras políticas de dominación por la autogestión, sin burguesía ni burocracias totalitarias.
Abraham Guillen

